Boca erró, la metió y se desahogó

Boca erró, la metió y se desahogó

Benedetto falló otro penal, fabricó uno que metió Rojo y así el Xeneize volvió a ganar. La Bombonera gritó.

La imagen es surrealista, obscena, dantesca. La foto que sintetiza la locura en la que se convirtió Boca desde la fatí­dica eliminación copera contra Corinthians, donde todo el mundo puede considerarse víctima y victimario, ángel y demonio, héroe y villano, en cuestión de segun­dos. Ante Talleres, en el regreso a la Bombonera, pasó de todo: Benedetto volvió a errar un penal, Rojo hizo otro y el Xeneize se desahogó

El partido todavía no era partido cuando Rafa Pérez se llevó la pelota con la mano y Dóvalo no dudó. Si había un penal, había dicho Pipa el miércoles, iría por la re­van­cha. Porque es el encargado desde que regresó de Europa y porque quería sacarse la mufa después de los dos pena­les errados con el Timao, uno en los 90 y otro en la de­fi­nición, en ese mismo arco, el de La Doce, que vol­vió a decirle que no: el travesaño rechazó su derechazo.

Parecía el golpe de gracia para un Boca que había lle­gado al partido esquivando las esquirlas de una sema­na agitada, en medio de la guerra pública y declarada entre los referentes y el Consejo con pintadas contra Riquel­me y pasacalles contra los juga­dores, con el capitán bo­rra­do y el subcapitán a punto de perder el brazalete. Con una hinchada que armó un reci­bimiento de Copa Liber­tadores y alentó en todo momento, pese a lo poco que le devolvió el equipo en el campo. Menos después del penal errado, y entre los 15’ de cada tiempo.

“Hay que gritar, señores hay que gritar, y vamos, va­mos Boca que tenemos que ganar”, fue el grito de guerra que bajó de la popular cuando el equipo de Ibarra no en­contraba los caminos y se repetía en centros a la olla que morían, casi siempre, en las manos del arquero Herrera. Había tenido una mediavuelta Benedetto, desviada, y un cabezazo Advíncula, que corrió la misma suerte.

Ibarra ya había hecho el cambio cantado de Zeballos por Ramírez y Boca seguía sin hacerle daño a un Talleres ordenado que por momentos se animó a manejarle la pe­lota a Boca pero que jugó sin arcos, y que recién se atre­vió a atacar cuando estaba en desventaja. Porque sí, Ra­fa Pérez volvió a cometer otro penal y esta vez fue Rojo quien ganó el duelo contra el arquero. Pipa, víctima de la falta, se quedó en el piso hasta que el árbitro cobró la in­fracción (a instancias del VAR) y ni siquiera fue al rebote: se quedó paradito a un costado del área, viendo como el defensor tocaba suave a la izquierda de Herrera para el 1 a 0. Enseguida llegó el cambio de Vázquez por Benede­tto y el aplauso cerrado de una Bombonera que perdona pero no olvida.

El reencuentro en casa tras la eliminación con Co­rinthians y la paupérrima imagen del equipo en el clási­co con San Lorenzo empezó y terminó mejor de lo espe­rado. Hubo cierto recelo con algunos jugadores, es cierto. El único ovacionado fue Rossi y no hubo cantito para Be­nedetto ni para Rojo. Ni siquiera para Ibarra, que pasó inadvertido en la cancha y en el aplausómetro. Boca precisaba, antes que nada, una victoria que cortara la ra­cha (cinco sin ganar, tres derrotas consecutivas en la Li­ga Profesional) para bajarle la espuma a la interna y em­pezar a asomar cabeza en un torneo que lo tiene otra vez prendido, luego de una fecha en la que todos jugaron pa­ra los de abajo.

Necesitó, es cierto, dos penales a favor para ganar en casa. Y el carácter de Rojo para vestirse de salvador y res­catar a Boca en otra noche de locura.

Fuente: Olé

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